Este verano, por uno u otro motivo, el calor es lo más destacado. El calor físico, calor emocional... calor asfixiante en ocasiones.
He pasado una semana en el Caribe buscando el calor, y para mi sorpresa, el calor lo he encontrado en mi propio país.
Pero he disfrutado el Caribe, porque el Caribe no se vive, se disfruta. Se paladea cada dia el sabor salado del aire... Se huelen las olas, aunque no se ven... Se siente el sol acariciando la piel, poco a poco, pero con energía, para dejarte una huella que, si no tomas las debidas precauciones, puede ser dolorosa.
Un Caribe que te permite olvidar, poco a poco, aquello que te ha dolido durante estas semanas. Que te prepara para disfrutar, de nuevo, de cosas inesperadas. Positivamente inesperadas. Que te llena las neuronas de sal y limón para darles alegría. Un Caribe mexicano que, como dice la canción, "se lleva en el corazón". Y en la piel, naturalmente...
Y cuando llegas a casa, y te miras al espejo, ves la huella del Caribe en tu cuerpo, en tu cara, en tu alma... Y quieres enseñar esa huella a alguien, compartirla, porque esa huella te ha hecho feliz durante un tiempo. Y qué mejor cosa hay en el mundo que compartir la felicidad, verdad?
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