Llega por fin el calor que recalienta las neuronas hasta hacerlas nadar en mares de sudor. El calor pegajoso, que agobia, que no te deja dormir, que no te deja en paz...
Se ha plantado el calor entre nosotros casi sin avisar, de golpe. Como algunas personas desaparecen de tu vida.
Notas cómo va doliendo esa ausencia llena de nada. Cómo se va haciendo cada vez más irrespirable, por el calor. Buscas un lugar en el que refrescarte, y algunas veces lo encuentras, pero desaparece pronto. Otras, ni siquiera te refresca. Vuelves a caminar, sin saber muy bien a dónde, porque los caminos que tenías apuntados empiezan a desdibujarse, a mezclarse y a olvidarse. A desaparecer. Como las personas que no quieres que desaparezcan.
Y mientras esperas que llegue esa porción de tiempo en la que tendrás que divertirte sí o sí, porque es lo que debes hacer, pasas estos días al calor de tus pensamientos más frustrantes, esperando una señal, una palabra, un gesto, una mirada. Algo que devuelva, aunque sea temporalmente, esa sonrisa que refresca tu vida. Esa idea que alegra tus días. Esa voz, que mejora tus ganas.
Mientras, esperas tomarte unas vacaciones de tí misma. Y sabes que no conseguirás hacerlo, porque eres tú misma quien va a impedirlo. Como siempre. Como nunca.
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