Tras unos días en los que he disfrutado de la vida como hacía tiempo que no conseguía hacerlo, tengo ahora sensaciones extrañas.
He vuelto a sentir cosas largamente silenciadas, olvidadas, sepultadas bajo cantidades ingentes de cotidianeidad...
He vuelto a ver, a mirar, a captar... Y me he sorprendido soñando, lo cual ya es bastante extraño. Sólo han sido algunas palabras, y es posible que ni siquiera sean ciertas, pero han abierto una puerta por la que ha salido un torrente de sensaciones encarceladas, escondidas, ignoradas.
Obviamente, la parte negativa es que esas sensaciones pueden acabar hiriendo a alguien, para siempre, y romper algo importante y vital, necesario en mi vida, y toda la positividad puede trasmutarse en amargura.
A veces en las cosas más pequeñas, más simples, en los gestos más sencillos, vemos una brecha por la que dejar escapar nuestras ilusiones, nuestras alegrías. Permitirnos dejar de contenerlas para simplemente disfrutar del momento, sin diques, sin resistencias, sin ataduras.
Me gustaría seguir disfrutando estas horas, estos minutos, estos días, porque me han dejado una sensación tan agradable como sorprendente.
Quizá, tal vez, deba cambiar el entorno. Mi entorno. Y dejar que lleguen a rozarme palabras que siempre he creído que no eran para mí. Miradas que no he apresado, por miedo a equivocarme. Detalles, que no he disfrutado, pensando que eran errados.
Salto al ruedo, porque ahora sigo sin saber torear, pero ya no tengo miedo.
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